“La vida intrauterina”.Xavier Serrano

La Vida Intrauterina.

“La vida intrauterina”.Xavier Serrano

INTRODUCCION.

Los avances de la técnica aplicados a la medicina han favorecido en los últimos años un amplio conocimiento de la evolución morfológica y fisiológica del Organismo Humano Intrauterino (O.H.I.).

Existen filmaciones brillantes donde se observa el proceso de crecimiento desde el encuentro entre el óvulo y el espermatozoide hasta la salida uterina. Proceso donde, para K. Von Baer !antiguo darwinista! “la ontogenia recupera la filogenia”, se realiza el pasaje de la vida anfíbica a la mamífera. Pero poco se sabe aún de la experiencia vital, emocional y, para algunos, psíquica del O.H.I.

Históricamente hablando “Reich fue el primer investigador que situó su foco de atención en el primer período de la vida humana, la vida prenatal, el proceso del nacimiento y los primeros días del recién nacido” (Konia, 1975). A partir de su trabajo con la vegetoterapia, sobre todo con psicóticos, y sus investigaciones biofísicas y profilácticas en la década de 1940-50, en diversos textos observamos la necesidad de Reich de intentar comprender lo que ocurría dentro del útero de la madre, no como algo aislado, sino como fenómeno de interrelación funcional. Así lo definía un colaborador suyo: “el feto es al mismo tiempo un organismo independiente e integrante en el sistema orgonótico constituido entre la madre y él siendo también dependiente para el propio bienestar del organismo materno” (Silvert, 1955). Este interés tenía una razón profiláctica, pues conociendo los mecanismos que facilitan o perturban un buen pasaje intrauterino, se podría instar a aplicarlos para la salud del recién nacido.

La experiencia clínica y profiláctica dentro de la Orgonomía ha enriquecido este interés histórico y, en la actualidad, podemos tener más conocimiento del tema. Pero, como en otros campos, el discurso de Reich y su metodología de trabajo, el Funcionalismo Orgonómico, es el pilar básico donde apoyamos las conclusiones más recientes. Vamos a intentar aproximar a los lectores los elementos fundamentales que facilitan la comprensión y la investigación de la vida intrauterina. Utilizando a la par datos históricos, bibliográficos y de experiencia clínica.

APROXIMACION HISTORICA.

Durante mucho tiempo se tuvo la imagen “kantiana” de que el feto quedaba marcado por las impresiones de la madre de un modo directo (así, si durante el embarazo la gestante se cruzaba con un conejo seguramente el niño saldría con orejas similares a las del conejo…)

Groddeck en 1916, con su increíble intuición, menciona los abortos prematuros consecuencia de esperar un niño no deseado, pero al mismo tiempo afirma que “el niño es completamente autónomo y poco influenciable por los pensamientos y actos de la madre. Lo que influye en el niño son los movimientos y las sensaciones” (Groddeck, 1916).

En el ambiente psicoanalítico de principios de siglo, algunos autores se referían a la vida intrauterina como una vivencia deseada y donde el O.H.I. está en una posición receptiva, pasiva, siendo “un endoparásito en el período fetal” (Ferenczi, 1924), estado de bienestar que continuamente se añora y se reproduce en la realización de otras funciones. “Si consideramos ahora toda la evolución de la sexualidad, desde la succión del pulgar del bebé hasta el coito heterosexual pasando por el narcisismo de la masturbación genital, y si

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guardamos memoria de los procesos complejos de identificación del Ego con el pene y la secreción genital, llegamos a la conclusión de que toda esta evolución, comprendido el coito, sólo puede tener por objetivo una tentativa del Ego, primero dudosa y torpe, luego cada vez más decidida y por último particularmente acertada, de retornar al cuerpo materno, situación en que la dolorosa ruptura entre el ego y el entorno aún no existían” (Ferenczi,1924).

Para el mismo Freud, va a ser en el parto donde comienza el peligro, constituyéndose en el primer generador de angustia, sentida por el neonato al verse separado del nirvana intrauterino. Y, aunque fuera del útero el vínculo es también con la madre, hay una diferencia cualitativa: “La vida intrauterina y la primera infancia constituyen una continuidad menos interrumpida de lo que el parto nos hace suponer. La relación objetal psíquica con su madre sustituye para el niño la situación fetal biológica”.(Freud, 1926). Al mismo tiempo, para Freud la angustia “es un estado afectivo que sólo puede ser percibido por el yo, y en la vida intrauterina no hay yo, sólo ello” por esto “el peligro del nacimiento carece aún de contenido psíquico” (Freud, 1926).

Reich, en 1926, escribe: “Generalizando, podemos decir que el retiro de la libido de una posición genital, que es envestida con angustia, a una fantasía de regresión intrauterina, tiene lugar hasta cierto punto en todas las neurosis”. Sin coincidir totalmente con O. Rank en cuanto afirma que: “el nacimiento es una fuente secundaria de angustia, que solamente se hará operativa como resultado de la regresión patogénica. Solamente podría operar como fuente primaria de angustia cuando el desarrollo postnatal se ha revelado contra obstáculos externos crueles, como por ejemplo, fuertes dificultades en la fase oral”(O. Rank, 1924)

Se analizaba la vida intrauterina con una neutralidad más bien próxima a ese estado nirvánico descrito por Freud. Sin cuestionarse que no siempre tenía que ser así, y que sin psiquismo sí podía haber otras formas de repercusión traumática. Es a finales de 1944 cuando el Dr. Lester W. Sontag escribió un estudio titulado “La guerra y la relación materno-filial”, en el que demostraba que “las intensas ansiedades maternas podían alterar físicamente en el útero los reguladores emocionales del niño…” definió a este fenómeno “somatopsíquico”, afirmando “que la excesiva secreción neurohormonal materna crea un Sistema Nervioso autónomo sobrecargado que conduce a poco peso al nacer, trastornos gástricos, dificultades de lectura y problemas de conducta” (Verny- Kelly,1982). Es en esta década donde otros autores como Caruso, Fodor, Graber hablan de que las emociones maternas influían en el feto siendo posible, por tanto, una estancia intrauterina donde la ansiedad, la tristeza y el miedo de la madre, así como el placer y la alegría, estaban influyendo neurohormonalmente en los sistemas funcionales del feto. Al mismo tiempo, y dentro del movimiento psicoanalítico, otros autores se preocupaban por este tema.

Es, en base a los puntos de desarrollo de la teoría de Melanie Klein (1952), que Rascovsky3 , junto con otros psicoanalistas, desarrolla la teoría de que “existe un Yo durante la vida fetal que establece una intensa relación con el Ello”. Para este autor, “en los más primitivos estadios del desarrollo prenatal, la percepción, la identificación y la delimitación del Yo constituyen un fenómeno único. La percepción interna es de carácter visual bidimensional y percibe las protofantasías heredadas que constituyen el primitivo

3 Fundador de la Sociedad argentina de Psicoanálisis junto con Garma Pichon-Riviere, M. Langer, Carcamo y F. Hardoy

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objeto interno antes del desarrollo de la percepción postnatal y de la relación con los objetos reales. La herencia filogenética se cumple en el desarrollo ontogenético, donde el Yo percibe y se identifica con las imágenes originadas por el Ello. El Ello constituye el ambiente primitivo del Yo antes del advenimiento del mundo real” (Rascovsky, 1956), y más adelante añade “ya hemos señalado que la actuación de este núcleo rector arcaico de la organización psíquica se observa en la clínica, toda vez que el incremento de las ansiedades paranoides fuerza a la regresión del Yo a la posición prenatal o autista. Esta regresión implica la vuelta al refugio inicial de la vida intrauterina, donde no existían objetos externos, ni se había establecido aún el mecanismo esquizoparanoide, que al incrementarse no puede ser luego suficientemente elaborado por el yo. Así como la amnesia infantil, con respecto a la vida sexual primitiva, surgió de la angustia provocada por el complejo de castración genital, la amnesia y resistencia al conocimiento fetal y el sentido siniestro que adquiere su estudio tienen origen en la gran fuente angustiosa que representó el parto” (Rascovsky, 1960). Pero, en definitiva, sigue pensando que “durante el período fetal las tensiones instintivas, mantienen un nivel de satisfacción a expensas del constante e ininterrumpido aflujo umbilical. Este equilibrio tensional se manifiesta psíquicamente como el principio de Nirvana” (Rascovsky, 1960). Será en el momento del parto cuando, siguiendo la teoría kleiniana, se incrementarán las tendencias, basadas en el instinto de muerte, postnatales que configuran la posición esquizoparanoide inicial.

Siguiendo la tónica psicoanalítica de lo que Reich definió como “la psicologización de la función” Rascovsky no sólo acepta la existencia de un yo fetal, sino que “éste construye su cuerpo reproduciendo las representaciones existentes en el ello, representaciones que están estructuradas bajo la forma de protofantasías genéticamente heredadas”(Abuchaem, 1981).

Entendemos que estos autores se plantean una vida psíquica independiente de la madre, creándose una dinámica de interrelación protofantasiosas entre el Yo y el Ello, lo cual los sitúa en una posición adialéctica, teniendo en cuenta solamente el legado filogenético y no el medio externo que es la propia madre.

Partiendo de la teoría de que existe un yo psíquico en el feto, algunos autores llegan a afirmar la ingenua tesis de que es posible recordar experiencias intrauterinas y, además, “cómo a partir del tercer trimestre el cerebro funciona a niveles próximos a los de los adultos normales” (Verny-Kelly, 1982) el feto vivirá su experiencia intrauterina consciente de lo que ocurre aunque no lo recordemos por “el lavado de oxitocina a que estuvimos expuestos durante el parto”, pero con psicodélicos, hipnosis, terapia de renacimiento, grito primal… se pueden recordar estas experiencias y, no contentos con esto, !reduccionista y místicamente! afirman que “todas las entidades comunes de diagnóstico de la práctica psiquiátrica, histeria, depresión, fobia, obsesión, esquizofrenia y paranoia tienen sus raíces claramente discernibles en el primer trimestre de la vida intrauterina. Cada una de ellas constituye una visión especial del mundo feto-placenta y lo que ocurre en él” (F. Lake, 1981).

Cuestionando esta idea no estaría de más recordar las enseñanzas de Luria, entre otros, respecto a la funcionalidad del cerebro, quien afirma que “las formas superiores de los procesos psíquicos poseen una estructura mucho más compleja y no pueden comprenderse sin el apoyo del proceso de «historia social»… Por ello no pueden localizarse en sectores restringidos de la corteza cerebral o en grupos celulares aislados, sino que deben distribuirse en sistemas complejos de zonas que actúan conjuntamente… En

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lo que se diferencia el cerebro del animal del hombre es, por tener lazos funcionales entre todos los sectores, que antes trabajaban independientemente, influidos por los medios histórico-sociales” (Luria, 1978).

Simplemente desde un punto de vista mecanicista sabemos que “sólo después del nacimiento, las fibras que llegan a la corteza, y que de ella parten, comienzan a recubrirse de mielina; hay que esperar dos o más años para que acabe la mielinización de las vías intracorticales” (Tomkiewiczx, 1970).

Dentro del psicoanálisis la postura contraria a Klein y Rascovsky la encontramos en Hartmann y R. Spitz. Estos autores, siguiendo a Freud y apoyándose en la neurofisiología, hablan de que durante la vida intrauterina y los primeros meses de vida hay un estado objetal indiferenciado y por tanto no hay yo. “En el estado de indiferenciación del recién nacido no hay yo alguno. Menos se puede hablar aún de la existencia de un complejo de edipo o de un super-yo al nacer. Del mismo modo, no existen ni el simbolismo ni el pensamiento por medio de símbolos y por ende las interpretaciones simbólicas psicoanalíticas son inaplicables. Los símbolos aparecen más o menos con la adquisición del lenguaje. Pero éste no existe tampoco durante el primer año de vida. Asimismo se hallan ausentes los mecanismos de defensa”. (Spitz, 1965). Así, para estos autores, es a partir de la relación objetal, la relación con el otro, como puede haber un yo que se establecerá alrededor del primer año de vida, en base a la relación madre-hijo y a los «organizadores». Por ello para Spitz “las influencias intrauterinas o de parto se limitan a las fisiológicas (rubeola de la gestante, anoxia cerebral en un parto traumático) que junto al equipo heredado (ADN,ARN) forman la impronta individual” y discrepa “de las especulaciones de ciertos autores que pretenden que el infante da muestras de desagrado ya en el útero, cuando no hay medio de saber lo que expresa la conducta del feto…” considerando inaceptables las especulaciones sobre la actividad psíquica en el recién nacido durante las primeras semanas y meses que siguen al nacimiento.

Pero, para algunos autores, “precisamente porque el nacimiento y la vida intrauterina son etapas pre-psíquicas, implica que somos mucho más vulnerables y condicionables que en cualquier otra etapa de nuestra vida, al no poseer un sistema nervioso suficientemente maduro como para proporcionarle las ventajas defensivas de una psique eficiente” (Fries, 1977, citado por Laing).

Es Portman (citado por Carballo, 1952) quien en 1944 demuestra cómo el mamífero humano viene al mundo como un ser todavía en estado fetal, inacabado e imperfecto, y será a lo largo del primer año de vida, existiendo relación objetal amorosa (vínculo afectivo de Bowly, simbiosis madre-niño de Carballo…), que habrá un proceso de maduración funcionalmente estructurado y que, por tanto, se podrá empezar a hablar de psiquismo, en cuanto que “la simbiosis madre niño facilita la urdimbre y el proceso epigenético, la culminación y el coronamiento de la actividad de los genes” (Carballo, 1972). Por esto, “el ambiente es absorbido como un componente estructural de las neuronas del cerebro en desarrollo” (Rodríguez Delgado, en Carballo, 1972).

Y si bien hay una relación vincular entre madre-O.H.I, ésta es biofísica y energética, como queremos demostrar a continuación, pues las funciones psíquicas aparecen más tarde. Será durante el “nacimiento psicológico del infante humano finalizado hacia los dos años de vida” (Mahler) cuando se podrá hablar de funcionalidad psicosomática dentro de lo que hemos denominado proceso de estructuración energético corporal (Serrano, 1984) y al que Reich, en 1948, denominó proceso de coordinación organísmico.

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PERIODO CRITICO BIOFISICO.

Partiendo de la teoría del funcionalismo orgonómico podemos tener una óptica más clarificadora sobre este discurso. “Durante los primeros meses de vida se desarrolla poco a poco la coordinación de los movimientos independientes y separados. Debemos suponer que se establece progresivamente algún tipo de contacto funcional entre los numerosos órganos, comenzando a desarrollarse la unidad… Sobre la base de que la autopercepción depende del movimiento plasmático, en la existencia uterina y postuterina la autopercepción sería algo brumoso, dividido en numerosas experiencias separadas del propio ser, conforme a la división de los movimientos plasmáticos de los órganos. Al aumentar la coordinación de los movimientos, sus percepciones también se coordinan entre sí, hasta que el organismo se mueve en forma coordinada como un todo y se alcanza una percepción total del ser en movimiento… Por ello es evidente que ninguna actividad racional es posible mientras el organismo no se desempeñe como una totalidad, de manera bien coordinada”(Reich, 1948).

Y esto no ocurre hasta que no hay una conciencia de la existencia y de la existencia del otro, que exige una “espacialidad y una temporalidad necesaria para percibir al otro y al yo mismo” (Pinuaga, 1986).

Concibo, pues, la experiencia del O.H.I. como una receptividad progresiva, protoplasmática primero, “la función perceptual existe ya en los protozoos primitivos vinculada al fenómeno de la excitación biofísica” (Reich, 1949), y vinculada, después, a la implosión morfológica y formativa en relación con los mensajes hormonales y la cualidad energética fruto del proceso de luminación. En ese proceso de formación del “yo”, las funciones de las partes separadas se unifican, favoreciendo esta unificación el desarrollo formativo del sistema nervioso vegetativo y del cerebro visceral (Mac-Lean, 1973) que, con la maduración del hipotálamo y de los telerreceptores, prepara al anfibio a su salida al mundo mamífero.

Siguiendo esta lógica funcional formativa, sabemos que el feto, a partir del quinto mes, tiene la capacidad de oír, que el oído está en conexión directa con la formación reticular y que ésta es “un sistema disparador y tonificador de los músculos de la respiración así como la presión arterial del polígono de Willis” (Imbriano, 1983). Lo cual significa que la maduración de los distintos órganos cubre funciones comunes. “La función precede y suscita el desarrollo estructural de los órganos, y no a la inversa” (Reich, 1949,b). Siendo lo básico para la supervivencia fuera del útero el poder respirar como el mamífero, poder estar receptivo al mundo externo y succionar !para desarrollar su autorregulación energética por medio de la función del orgasmo, en el encuentro pezón- madre-boca-O.H.E.!, son los órganos de los telerreceptores, la zona cefálica, y la boca (los dos primeros segmentos y el diafragma en clave reichiana), los que empiezan antes a madurar. No podemos olvidar que “la vitalidad del recién nacido depende en gran medida de la eficiencia del mecanismo respiratorio, el cual a su vez depende de la función directriz que es tono muscular. En realidad el tono muscular es la conducta embriológica” (A. Gessell, 1972) y sabemos que el tono muscular está influido por el mensaje interno facilitado por el Sistema Nervioso Vegetativo, por el sistema neurohormonal que reacciona a los impactos hormonales de la madre por la circulación sanguínea umbilical.

Golfarb, en 1971, realizó un estudio que constataba que “un tono muscular hipotónico es un síntoma común en niños esquizofrénicos” (Konia, 1981). “Desde un punto

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de vista biofísico estos cambios miopáticos (incluyendo la falta de coordinación motriz) son el resultado de una reducción relativa en la transmisión de material trófico que, a su vez, está basada sobre una pulsión reducida del neurón” (Konia, 1981).

En base a este esquema podemos comprender la interacción funcional madre-O.H.I. y cómo el estado de la madre, o segundo «campo energético», en palabras de G. Ferri, afecta al O.H.I. Pero en esta formación de la unidad, es decir, del yo, en este proceso «de coordinación del biosistema» (Reich, 1948,b) no hay todavía una conciencia de la existencia ni un psiquismo lo suficientemente maduro como para «darse cuenta» y poder integrar las experiencias de manera unificada. Por ello utilizamos el término «yo biológico» siguiendo la nomenclatura de F. Navarro, diferenciándolo del «yo» entendido como funcionalidad psicosomática. “El yo no es simple, es compuesto; no funda el ser consciente, es su resultante estructural e histórico” (Ey, 1967).

Esa complejidad funcional puede evolucionar sin necesidad de recurrir a mecanismos de defensa homeostáticos cuando permitimos que se pueda dar una autorregulación por la pulsación plasmática y el reflejo del orgasmo en el O.H.I. De lo contrario empieza ya la patología y, precisamente porque no hay defensas psíquicas, como en la fase edípica, que permitan hacer frente a la angustia de castración, estructurando el carácter durante la vida intrauterina las defensas serán biofísicas, influyendo posteriormente en la formación progresiva del psiquismo. Por ello, la vida intrauterina forma parte del denominado por Reich período crítico biofísico.

EL POTENCIAL ORGONOMICO EN EL O.H.I.

“La física orgon—mica ha demostrado que cada organismo vivo, y por tanto cada célula viva, tiene un campo de energía específicamente biológica, energía orgónica, que rodea al organismo. Este campo tiene la capacidad de contraerse y de expandirse, y esto dependerá del estado emocional del organismo… con el medidor de campo orgonótico he observado que la radiación varía considerablemente de individuo a individuo y va desde unos pocos centímetros a 4 metros” (Reich, 1948).

Siendo las células sexuales especialmente activas y con una función germinativa, pensamos que su campo energético deberá ser mayor que en el resto. Pero como hay una influencia emocional en la funcionalidad de las glándulas sexuales (mediatizado por la hipófisis y la glándula pineal, pertenecientes al primer segmento reichiano) habrá variaciones en dicho campo energético áurico celular, que a su vez está influido por el quantum energético del núcleo celular protoplasmático (energía libre encerrada en la membrana celular, Reich, 1951,b), mediatizados por la pulsación protoplasmática del biosistema del organismo materno.

En nuestra experiencia como orgonterapeutas hemos visto casos de esterilidad funcional (falta de movilidad espermática, debilidad ovular…) en los que, a partir del desbloqueo parcial de primer segmento (regulación hipofisaria-pineal) y aumentando la capacidad respiratoria (aumento de la pulsación diafragmática), se ha visto recuperada la función y producido el embarazo.

Por tanto, partimos del hecho de que en el encuentro entre dos células sexuales con una pulsación energética determinada durante el abrazo genital de un hombre y una mujer, la calidad del mismo está ya influyendo en el proceso de superposición celular4 y de

4 Término empleado por Reich para describir los mecanismos de fusión-interrelación de dos organismos vivos.

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luminación orgonótica5 que acompaña un aumento intenso de la excitación bioenergética que permite el proceso de mitosis celular siguiendo la fórmula de los cuatro tiempos del reflejo del orgasmo tensión-carga-descarga-relajación (Reich, 1948). Con dicho proceso de superposición y luminación celular comienza la formación del nuevo «yo», o fragmento de energía de orgón cósmica organizada (Reich 1951,b). A partir de este momento las funciones energéticas del organismo vivo empiezan a desarrollarse. Así, comienza la llamada por Ferri, fase autógena, donde el potencial energético consecuencia del proceso de luminación le permite una propulsión autógena suficiente para tener una división celular constante que convierten al cigoto unicelular en una esfera celular hueca !blástula!, de la que se derivan las formaciones tróficas y el embrión (Gesell, 72). Este pasaje hasta la anidación que dura cuatro días y cinco o seis más hasta que anida en el endometrio, recorriendo en total 10 cm., está facilitado por el “arrastre de las secreciones tubáricas, en forma de corriente ondulante” (Gesell, 72), abierto a la influencia de los cambios coloidales e iónicos y, por tanto, de la pulsación energética de la pelvis materna.

Es importante hacer notar que durante este período el cigoto es una célula extraña al organismo materno y no se sabe a ciencia cierta cómo se excita la reacción inmunitaria del organismo materno que destruirá al proyecto de embrión. “Las claves del misterio de esta tolerancia entre la madre y su feto no han sido descubiertas en su totalidad” (Chaouat, 1986). “Se habla de que el feto se defiende del sistema inmunitario de su madre, mediante un cierto número de estrategias instaladas principalmente al nivel de la placenta” (idem). Lanzamos como hipótesis, en clave energética, que la carga energética del zigoto siempre tiene que ser mayor que la carga del biosistema de la madre (en un primer período, zona pélvica). Confirmándose la primera función energética del organismo vivo, descrita por Reich, de que en el organismo viviente el sistema energético de alto nivel de energía extrae la misma de sistemas con un nivel más bajo (Potencial Orgonómico). Este principio se aplica no solamente al organismo en su conjunto, sino que también se aplica al núcleo de toda célula viviente, núcleo que extrae su energía del protoplasma circundante del nivel energético más bajo (Reich, 1949,b), función energética básica en la Orgonomía y que está demostrada por Reich y sus colaboradores en diversos textos como “La Biopatía del cáncer” o “El funcionalismo orgonómico”.

Es en base a esta ley cómo Reich explica el funcionamiento básico de la vida y la muerte, ya que “cuanto más bajo es el nivel de capacidad, tanto más baja es la capacidad de absorción, como ocurre en la atrofia biopática, hasta nivelarse con la carga del orgón circundante y morir” (Reich, 1949,b). Esta hipótesis explicaría lo que en clínica médica conocemos como abortos espontáneos. En estos casos, la reacción hormonal de la madre por un rechazo del hijo (no deseado, violación, conflictos edípicos…), va acompañada de un aumento de tensión muscular en el primer segmento y en el diafragma, con la consiguiente repercusión en el O.H.I., disminuyendo su pulsación y su carga, produciéndose un mecanismo de fuga y de parto prematuro. En algunos casos el factor dinámico puede no darse, pero existirá el factor muscular, de hipoorgonía pélvica y de una luminación debilitada que impide la capacidad de pulsación bioenergética del embrión-feto, muriendo o provocando la salida prematuramente (suicidio homeostático), que es algo similar al mecanismo de reproducción y de mutación de la célula cancerosa.

5 Témino empleado por Reich para describir el proceso de excitación energética nuclear de dos organismos vivos en proceso de superposición.

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En apoyo a este punto de vista, Mednick descubrió que “las complicaciones post- natales asociadas con un bajo peso al nacer y un desarrollo retrasado estaban a menudo presentes en niños de padres esquizofrénicos”. Reider (1975) informó de una mayor frecuencia de nacimientos de niños muertos en madres esquizofrénicas (Konia, 75).

No podemos estar de acuerdo, según esta visión, con F. Draggotto cuando habla del “útero frío que chupa energía del feto” (Dragotto, 83), puesto que, según la ley del potencial orgonómico invertido (Reich, 1949), es el organismo más cargado que extrae la energía del protoplasma circundante. La madre es el medio posibilitador de la pulsación del O.H.I., de que su carga aumente, teniendo en cuenta que “la superposición germinal produce un progresivo incremento de excitación en la mujer” (Ganz, 1979) ; aumentando su nivel de carga, a su vez, que, en casos positivos, le llevará aumentar su deseo sexual y el abandono vegetativo en el orgasmo, facilitará la descarga de excedente energético aumentando la capacidad de pulsación en el O.H.I. “Un organismo materno pulsante permite la pulsación en el feto” (Silvert, 1955). Puede ser por esto que el sistema inmunitario de la madre no rechaza al O.H.I, y, por el contrario, se convierte en un «nutriente» para ese «injerto» uterino.

El aumento de carga en la madre tiene repercusiones importantes en el funcionamiento energético y emocional de ésta (síntomas del embarazo), aumentado el bienestar y la sensación de expansión y de calidad vital en el caso de la mujer con un carácter genital y creando una desestabilización en la coraza en el caso de otros caracteres. Es por lo que, en una mujer con carácter genital, al ver aumentada su carga energética, su campo áurico se amplía y se producen cambios perceptivos interesantes durante su embarazo.

EL TRIANGULO INTERACCIONAL DE LA VIDA INTRAUTERINA. (Serrano,1988).

Todo esto crea una interacción triangular fundamental para que “este período crítico en la constitución del sistema orgonótico de funcionamiento, que se constata en el grado de orgoneidad y de capacidad pulsatoria de los tejidos, determine un alto grado de actividad pulsatoria del plasma” (Reich, 1948), que es la base predisponente para un estado de salud biofísico extrauterino.

Esta situación triangular la forman:

– el ecosistema de la madre, EC.M. (buenas condiciones infraestructurales, afectivas y sexuales, que conllevan la existencia de un partner disponible, dieta favorable sin tóxicos, sin elementos contaminantes atmosféricos excesivos, situación laboral creativa y tranquila…) que influye directamente en su biosistema y en su situación psíquica y también, en ocasiones, de manera directa en el O.H.I.(sonidos a partir del quinto mes, radiaciones e indirectamente por las repercusiones en el biosistema materno);

– el ecosistema del O.H.I. EC.O.H.I. (útero de la madre y organismo materno que afecta directamente en la capacidad pulsátil del O.H.I. y en su proceso de tono muscular y de formación positiva del yo biológico

– la capacidad de pulsación del O.H.I., C.P.O.H.I. que influye directamente en el propio biosistema materno, continuando el proceso de luminación constante, donde la descarga del excedente energético mediante un movimiento mecánico ! convulsiones orgásticas, desprendimiento de calor, según el principio del potencial mecánico del nivel superior al inferior! se realiza en la madre en el abrazo genital con el partner y en el

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O.H.I. con el proceso de crecimiento del orgonoma intrauterino que en 266 días aumenta de tamaño más de mil millones de veces .“El orgonoma energético desemboca en la formación del orgonoma material. La forma de los órganos reproduce la forma del movimiento primordial de la energía. La orgonoma es la forma geométrica específica cuyo esquema más puro está constituido por el huevo de gallina, y que es consecuencia formal del impulso de la energía libre y el freno de la membrana que la contiene” (Reich, 1951).

Por tanto la dinámica de crecimiento del O.H.I. tiene lugar según la fórmula del orgasmo, en constante dialéctica de contracción-expansión donde en los momentos expansivos se producirán los movimientos clónicos que acompañan al crecimiento y la formación de órganos, es decir, el desarrollo de la funcionalidad del orgón cósmico sujeto a las influencias filogenéticas y ambientales.

Puede, ser por tanto, un triángulo favorecedor para los tres elementos o perturbador para todos. Reich nos dice al respecto: “Las contracciones del embrión de pollo registrados en películas cinematográficas confirman la naturaleza clónico-pulsatoria del crecimiento embrional. La propia forma vesicular indica que allí operan las típicas funciones bioenergéticas de protusión protoplasmática, que también pueden estudiarse en las amebas que fluyen libremente. Es lógico suponer que un útero que se contrae libremente representa un medio mucho más favorable para el embrión que un útero espástico y anorgonótico. En un útero orgonóticamente vigoroso, la circulación de la sangre y los líquidos del cuerpo es mas completa y, por ende, el metabolismo energético es más eficiente. Pero, además, la capacidad de carga de tejido materno se transmite al embrión, el cual es en realidad una parte funcional de la mucosa uterina. El embrión participa de las contracciones orgásticas del útero durante el acto sexual de los padres. No puede ser de otra manera dada la situación fisiológico-anatómica. Antes del nacimiento se producen también contracciones evolutivas que desde el punto de vista bioenergético no se distinguen de las contracciones orgásticas. A eso se suman las contracciones orgásticas estimuladas por el orgasmo materno. Si por añadidura, el organismo femenino poseía un alto grado de orgonidad antes del embarazo, las condiciones bioenergéticas para la orgonidad del embrión son favorables…” Para resumir podemos decir que: “El alto grado de orgonidad, la potencia orgástica de los padres, la ausencia de anorgonía en el útero, la ausencia de bacilos t y de exceso de CO2 en sangre materna son los requisitos biosociales para la fuerte orgonidad del ser en estado embrionario” (Reich, 1948).

Pero no hay que olvidar que Reich, como Portman, Mahler, Spitz y otros autores que hemos citado en este trabajo, insisten en que el animal humano, por su posición bípeda, nace muy pronto, nace inmaduro por lo que la vida intrauterina es sólo una parte de un continuo que incluye el parto y la fase oral primaria. Continuo en el que se gestan las raíces del futuro árbol.“Si en lugar de fijar la terminación del proceso de desarrollo embrional en el parto, lo establecemos alrededor de los 10 ó 12 meses de vida extrauterina,!es decir, en el momento en que se reúnen todas las bifurcaciones para constituir un biosistema unitario y coordinado! habremos abarcado el período crítico biofísico decisivo para el funcionamiento bioenergético. El período crítico para el desarrollo psíquico está comprendido, en términos generales, entre el tercer y quinto año de vida; su resultado está condicionando en gran medida por el curso del crítico período biofísico precedente. Es en esta fase biofísica precedente donde debe buscarse la solución del misterioso hecho de que después del tratamiento con la orgonterapia, cuando se han elaborado todos los

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mecanismos patológicos, queda algo intangible: una inmodificable desesperanza en la actividad vital, una pasividad del organismo, una irritabilidad, en resumen lo que la psiquiatría clásica solía definir como “disposición innata”. (Reich, 1948,b).

Vemos, por tanto, cómo Reich nos indica la necesidad de poner medidas profilácticas en la vida intrauterina porque, no sólo encontramos una situación de nirvana, sino que en la mayoría de los casos hay un impacto biofísico en la estructura básica del neonato, aunque tampoco da una total responsabilidad a este período en la patogénesis del adulto, pues llega a decir que “en condiciones de salud durante la gestación, la predisposición para una biopatía carcinomatosa o para una anorgonía se hace así poco probable, aunque no del todo imposible, pues las influencias destructivas en etapas ulteriores pueden llevar al organismo más vigoroso a la resignación y al encogimiento” (Reich, 1948).

BIOPATIAS Y VIDA INTRAUTERINA.

Vemos, pues, cómo entrar en el terreno de la alteración patológica del O.H.I. supone introducirnos en el terreno de las biopatías o “procesos patológicos que se cumplen en el aparato autónomo vital… siendo un trastorno de la función natural de pulsación en la totalidad del organismo” (Reich 1948). “El encogimiento biopático comienza con un crónico predominio de la contracción y con la inhibición de la expansión del sistema nervioso autónomo” (idem). Y dentro de las biopatías (cardiovasculares, de la piel, de retracción carcinomatosa…) se encuentra la esquizofrénica, que Navarro prefiere llamar psicosis porque “esta palabra indica una separación entre intelecto y sentimiento y según esto todos seríamos esquizofrénicos” (Navarro, 1988).

“Comprendemos ahora por qué la disociación esquizofrénica se encuentra arraigada con tanta claridad en el desarrollo prenatal y postnatal inmediato: toda severa perturbación ocurrida durante el proceso de coordinación organísmica constituye un punto débil de la personalidad en el cual más adelante en determinadas condiciones emocionales tiene las máximas probabilidades de asentarse la falta de coordinación esquizofrénica… En el esquizofrénico no se da una regresión al útero materno, lo que le ocurre es que cae víctima de la misma escisión sufrida en la coordinación de su organismo cuando se hallaba en la amortiguada matriz de la madre; pues ha conservado esta escisión para toda su vida. Son estas funciones actuales, presentes del organismo y no hechos históricos”(Reich, 1948,b).

Esto significa que “la verdadera psicosis tiene su génesis en el “miedo embrionario”, donde al no haber funcionalidad neuromuscular se vive un miedo de muerte en la célula misma, produciéndose así una perturbación en la cadena de ADN cuyos iones metálicos rompen las estructuras evolutivas embrionarias. Es por tanto una respuesta celular con una contracción irreversible y crónica de la actina y miosina de las células, impidiendo la función normal del tejido conjuntivo” (Navarro, 1988).

Es una respuesta de un biosistema con una débil pulsación ante un medio (útero de la madre) que le es hostil y le comunica ! con su baja pulsación y carga energética ! una sensación de asfixia, de desnutrición, de hambre. Y esa hambre, provoca cambios irreversibles en su proceso de coordinación tisular y organísmica. Es la situación hipoorgonótica que va a acompañar a ese nuevo ser si consigue llegar al momento del parto. Y para no morir totalmente se contrae y se adapta a funcionar con un nivel

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metabólico basal reducido. Sabemos por Moskins (1946) que el B.M.R. (índice basal metabólico) está reducido en pacientes esquizofrénicos (Konia, 1981).

“Si la pulsación de la madre es favorable y el embrión se organiza y se desarrolla, el feto tiene ya una posible respuesta defensiva neurovegetativa ante el estrés y el miedo. La contracción repercutirá en la integración funcional neurovegetativa entre el cerebro visceral y el desarrollo del córtex, mediatizado por los telerreceptores. Recibiendo segregaciones hormonales que favorecerán la tendencia a la simpaticotonía primaria y «a la inmovilidad energética del primer nivel” (Navarro, 1983).

Durante todo este período hay otro elemento descrito por Reich que favorece el proceso biopático. “Cuando en la sangre materna hay un gran número de bacilos T suficientemente virulentos durante el embarazo, el hijo tiene que resultar infectado”(Reich 1948) y son los bacilos T, junto a una escasa orgonidad vital, lo que facilita una acción carcinógena.

También tenemos otro factor, el de la débil respiración de la madre, que ocasiona una sangre con poca oxigenación que facilita en el feto una carencia de oxígeno-energía y un exceso de CO2. Esto tendrá una repercusión directa en el momento del parto, especialmente si hay peligro de traumatismo fetal, al prolongarse la salida uterina por impedimentos fisiológicos o musculares de la madre, sufriendo una cierta anoxia cerebral al no poder respirar bronquialmente. Esta situación patológica será más o menos grave según la reserva de glucógeno que el feto haya realizado, y esto depende de la oxigenación que ha recibido en el útero. A mayor reserva de glucógeno, mayor período de tiempo que no necesita respirar en un estado de alarma en el parto sin tener repercusiones vitales.

APORTACIONES CLINICAS.

La experiencia intrauterina es individual. En cada persona se ha desarrollado de una manera cualitativa y cuantitativamente diferente. Y esa experiencia hay que vincularla a las condiciones, desde una perspectiva de interrelación e interacción de funciones, del ecosistema del O.H.I., fundamentalmente con la madre. Por ello un Organismo materno (O.M.) hipoorgonótico, es decir, con una estructura psicótica (Serrano, 1990) facilitará a su futuro niño-a una carencia de nutrición vital bioenergética, viviendo el O.H.I., si no se ponen soluciones, un miedo estresante (Navarro, 1985) que al no poder filtrar con el intelecto utilizando mecanismos de defensa racionales, repercutirá en cada una de sus células que recibían el impacto contrayéndose en su núcleo y disminuyendo gravemente su capacidad de pulsación plasmática. Ahí están las bases bioenergéticas y nucleares, biológicas, del deterioro biopático primario que se manifestará clínicamente antes o después dependiendo de las compensaciones y refuerzos posteriores. Por eso la persona biopática siempre necesita tener a su lado una madre-útero que, si la encuentra, frenará su pánico celular, pero si las situaciones posteriores le impiden nutrirse de forma permanente, su biosistema irá languideciendo predispuesto por la toxemia de los bacilos t heredados de la madre.

Una mujer embarazada con una estructura borderline (copertura caracterial), (Serrano, 1990), le facilita a su O.H.I. una matriz con una cierta pulsación plasmática que, si bien «vivirá con satisfacción», le sabrá a poco. No le produce un dolor ni una experiencia de pánico determinante para su asentamiento y organización celular, pero recibirá poca

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oxigenación sanguínea de su madre y una invasión hormonal desestabilizadora para sus débiles circuitos integradores, fruto de la imposibilidad de contacto de la madre borderline imposibilitada para vivir conscientemente sus emociones nuevas de embarazo. Sus reacciones neurovegetativas irán predisponiendo al feto a una simpaticotonía, una disminución de tono muscular y una “organización del yo desorganizada”. En estos casos la experiencia del parto y la relación objetal neonatal será fundamental para asentar la predisposición biopática y un fuerte núcleo psicótico, o para compensar esa desorganización con una buena relación objetal, !cosa no fácil en una estructura borderline! que le permitirá una estructuración caracterial con una tendencia al desarrollo de una biopatía secundaria.

Por último, para que se comprenda la necesidad de situar siempre dialécticamente los fenómenos humanos y relacionales que nos permitirá enriquecer nuestra sistemática de diagnóstico y clínica terapéutica, podemos ver cómo en el caso de una mujer embarazada con una estructura neurótica (Serrano, 1990), el O.H.I., puede tener un pasaje intrauterino fluctuante, pero sin grandes heridas, siempre y cuando el ecosistema de la madre (relación psicosexual positiva-normalizada con el partner, situación infraestructural y coyuntural estable y condiciones médicas favorables) se mantenga en unas condiciones favorables que no ayuden a la desorganización de la coraza caracteromuscular que sufre toda mujer neurótica en el embarazo. Y esto será fundamental para la estructuración caracterial (decimos caracterial para diferenciarlo de estructuración yoica. Entendemos el yo como la potencialidad y carácter como la adaptación del yo al medio histórico concreto limitado y destructivo), que le permita una normalización futura. Es lógico pensar que siempre habrá una cierta carencia nutritiva fetal, pero éste ya se defiende del exterior con la tensión auditiva, una tendencia a hipooxigenar y una cierta simpaticotonía.

Por tanto, a partir de que el O.H.I. tiene desde el 6o mes la capacidad de responder neurovegetativamente ante los estímulos del medio, podemos afirmar que la predisposición a la formación de la coraza muscular y la génesis de la misma comenzará ya en la vida intrauterina como mecanismo homeostático ante estímulos desequilibradores y de ataque de su ecosistema o del medio exterior.

En relación a este punto, en nuestro trabajo con la Vegetoterapia Caracteroanalítica hemos observado cómo recuperando una buena pulsación plasmática y una adecuada circulación bioenergética acompañada de un buen contacto intra y extrapsíquico, el sujeto alcanza una capacidad de autorregulación y de salud favorable ; y que sólo en las estructuras psicóticas el hilo rojo, es decir, el eje nuclear ante lo que gira toda su problemática, ha sido su pánico caótico, dinámicamente hablando, y su hipoorgonía intrauterina lo que nos ha obligado a realizar el trabajo de maternage que describiremos brevemente. A partir de este nacimiento terapéutico el sujeto ha podido empezar a estar en el aquí y ahora y a organizar su carácter. En el resto de estructuras el hilo rojo se centra más en elementos vinculados a la lactancia y a la relación edípica-angustia de castración.

En las personas en las que se observa en la terapia esta problemática intrauterina es donde la metodología de la Vegetoterapia Caracteroanalítica se tiene que ver enriquecida con herramientas más vinculadas al terreno de lo energético6 y de lo epidérmico, de los sentidos y de lo “mágico”, antes que al músculo, a la palabra o análisis simbólico. Pero no

6 Actualmente estamos combinando la Vegetoterapia con el uso del Or.Ac. (Acumulador de Energía Orgónoca) y la Audiopsicofonología.

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debemos caer en el error de pretender que toda persona con una problemática determinada deba reencontrar un útero más favorable y que nuestro trabajo terapéutico como vegetoterapeutas se encamine hacia ese objetivo, porque estaríamos “perdiendo el punto”. Es el hilo rojo, repetimos, lo que nos permite, estirándolo, sacar el ovillo. Y sólo en las estructuras psicóticas ese hilo rojo está vinculado a la vida intrauterina. Para no “perder el punto” es importante manejar adecuadamente un Diagnóstico Inicial Diferencial Estructural (D.I.D.E.) y utilizar nuestras intuiciones subjetivas en la relación terapéutica para saber cual debe de ser nuestra presencia.

Partiendo de lo que decía Reich en 1949 de que “la estructura de carácter y el sentido de la percepción del observador son los instrumentos más importantes, sino los decisivos de la investigación natural” (no por casualidad todo orgonterapeuta ha realizado antes su vegetoterapia personal, y sigue con la terapia ad-vitam), describiremos algunas de las sensaciones que aparecen trabajando con pacientes de estas características:

Durante algunas de estas sesiones se empieza a sentir tensión occipital, necesidad de respirar profundamente, aumento de sudoración con sensaciones de calor y frío, sed, ganas de orinar acompañado de un cierto decaimiento y fatiga. Este cuadro sintomático permanece durante unos minutos, e incluso algunas horas, hasta recuperar el estado normal. Comentándolo con algunos de nuestros colegas coinciden en esta sintomatología. Reich, en varios de sus textos describe los efectos del D.O.R.7 , o energía estancada negativa y su metabolización: “El organismo metaboliza aparentemente la energía Or en D.O.R. que es expulsada bajo la forma de CO2 en la orina (productos NH3)., las heces, el sudor y las exudaciones gaseosas” (Reich, 1956). Por esto hipotetizamos que, al abrir nuestro campo energético en la función terapéutica y estar en contacto con el paciente psicótico, encontrándose este ávido, energéticamente hablando, se produce una posible reacción dialéctica. A saber: en el proceso de intercambio que se produce mediante el contacto entre el campo energético del terapeuta y el del paciente psicótico, el terapeuta secuestra D.O.R. del paciente facilitándole su circulación energética y, por tanto, su capacidad de carga del exterior, con lo que el lugar donde se realiza la terapia se convierte en el útero del paciente, favorecido por dicho secuestro por parte del terapeuta (organismo más cargado siguiendo la ley del potencial orgonómico)

Esta es una hipótesis que tendrá que confirmarse con experimentación física en su día, pero que explicaría las reacciones vegetativas del terapeuta como necesidad homeostática energética y los cambios progresivos del paciente: aumento de su temperatura epidérmica, enrojecimiento de la piel, sensaciones de vigor, de plenitud de contacto, aumento de sus funciones de micción, defecación y sudoración… Por ello creo que, si bien no es equivalente el maternage del terapeuta con el paciente psicótico al acaecido en el útero materno entre el O.H.I. y el O.M., !pues en este último caso ambos se ven favorecidos por el fenómeno de luminación al aumentar la capacidad de carga del biosistema materno con un carácter genital, que le permite absorber más energía del exterior y así verse nutrido el O.H.I., sin desestabilizarse su organismo materno!, sí que hay un punto común: el de facilitar la capacidad de carga energética. Pues en el caso del psicótico, como hemos visto, el lugar donde está con el terapeuta, sesión tras sesión, pasa a ser el útero durante el tiempo que necesite para desarrollar esta nutrición vital. Porque es en él donde tiene más capacidad de carga y por tanto se percibe protegido, comprendido,

7 D.O.R. : Deadly Orgone Radiation, energía estancada, fruto del estasis producido por un bloqueo muscular. A más D.O.R. menos capacidad de carga.

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caliente, seguro y fortalecido. Esto se personaliza por asociación a la figura del terapeuta, que pasa a ser una especie de madre adoptiva y, a partir de este vínculo terapéutico, se puede desarrollar el proceso de crecimiento y de investimiento yoico. Pero, repetimos, no creemos que sea el terapeuta el que «carga» al paciente o le «da» energía directamente, sino que sucede por un proceso indirecto. El terapeuta se carga temporalmente del D.O.R. o energía estancada del paciente, que es la que impide que su epidermis y sus telerreceptores desarrollen su función. Por ello el terapeuta tiene que tener una capacidad de metabolización del D.O.R., importante si trabaja con psicóticos, o poner medios para favorecerlo (cámara de aislamiento sensorial, sauna…) porque de lo contrario puede poner en peligro su propia salud. Es, por tanto, esta apertura de nuestro campo energético, que supone una «presencia» real y activa del terapeuta, junto con el masaje y el trabajo técnico con los ojos del paciente utilizando la linterna8 y sus oídos, es decir, con el primer segmento, cómo el paciente va organizando su carácter que, en muchas ocasiones y durante un tiempo, tendrá rasgos similares a los del terapeuta, pues, como afirma Navarro, se produce una simbiosis identificativa muy fuerte durante el primer período de la terapia, situación que irá cambiando a lo largo del proceso terapéutico.

Asimismo, la receptividad del psicótico, por su gran avidez de “todo” (hemos tenido algún paciente que compensaba esta avidez parcialmente leyendo todo lo que caía en sus manos y escuchando toda la música que podía), está «ojo avizor» de su terapeuta y muchas veces esta vulnerabilidad del terapeuta, aunque te sitúes detrás de la mesa o llegues a la consulta con un traje de astronauta, exige que !rompiendo la norma terapéutica! debas permitir que el paciente “entre en tu vida” (durante el tiempo de la sesión). Así, necesitará saber cosas del terapeuta, de su vida privada. Y, en nuestra práctica clínica, hemos sentido que debía contestar estas preguntas. Aquí no vale la frase “estamos analizando sus problemas, no los míos”. Creemos que el ser consciente de esto evitaría algunos problemas fuertes en la relación terapéutica con el psicótico. Por ejemplo, el miedo no manifiesto de un terapeuta ante un paciente (por crisis destructiva, manifestación sexual…) es percibido por el psicótico, y éste, para no vivir su propio pánico, puede ser terriblemente destructivo contra aquello que le pone en contacto con su miedo.

Terminamos anotando que en la Vegetoterapia con estos pacientes no hemos tenido nunca casos en los que se llegue a recordar episodios intrauterinos, o sucesos de la madre durante la estancia intrauterina, pero sí se observan reacciones corporales vegetativas y energéticas, así como sensaciones y sueños que hacen referencia a situaciones prenatales y perinatales como las descritas anteriormente. Hemos querido reflejar en este capítulo nuestra impresión de que el trabajo orgonterapéutico con el psicótico nos está diciendo muchas cosas sobre la experiencia intrauterina y, a la par, el trabajo con la vida intrauterina en profilaxis durante el embarazo nos dice muchas cosas sobre el psicótico. Una vez más se impone el trabajo en equipo. La interdisciplinariedad apoyada en la sistemática del funcionalismo orgonómico.

8 Técnica desarrollada por B. Koopman (citado en E. Baker. 1969).

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