Testimonio de un vínculo

Testimonio de un vínculo
Nadie puede negar los contundentes avances que nos muestran las investigaciones en apego y neurociencias sobre la importancia que tienen las diferentes formas de contacto tales como acariciar, besar, estar piel con piel, dar masajes, hablar al bebé y dar la teta en el proceso de vinculación de un recién nacido con su madre. A dichos resultados, habría que aportar lo que sucede en una relación vincular cuando una madre adoptiva puede ofrecer la teta a la hija recién recibida. De esto trata la historia que quiero compartir con ustedes, la historia del desarrollo de la relación vincular en la adopción de mi hija.
Nos habíamos preparado mucho como familia para recibir a nuestro bebé adoptivo, siendo pacientes, persistentes y alimentando el amor para entregar. Empezamos el peregrinar por las instituciones públicas dedicadas al tema de infancia y adopción el año 2005, tiempo después de haber confirmado medicamente la imposibilidad de concebir otro hijo biológico; en esos momentos nuestro único hijo tenía 4 años y estaba feliz e ilusionado con la idea de ser hermano mayor. El 2006 realizamos todo el proceso de evaluación para el 2007 ser aceptados como padres adoptivos y comenzar la espera concreta del/la bebé. El año 2009, habiéndonos sentidos frustrados de no tener novedades a pesar del tiempo transcurrido, nos cambiamos a una institución privada que ofrece un programa integral de adopción, con atención y acompañamiento a la progenitora hasta el post-parto, acogida y acompañamiento al/la recién nacido/a y acogida, psicoeducación y acompañamiento a la familia adoptiva. Finalmente en marzo de 2011, nos comunicaron la maravillosa noticia de que una pequeña bebé, de 7 semanas de nacida, estaba esperando por nosotros.
Fuimos como familia embargados por una emoción intensa de agradecimiento infinito a la vida que nos regalaba esta nueva oportunidad para ser padre, madre y hermano, a la progenitora por el gran acto de amor de entregar a la bebé para que otros sean su familia, a nuestras familias y amigos por habernos acompañado y apoyado, y a nosotros mismos, por haber confiado y esperado todo lo necesario.
Visitamos a nuestra hija en el hogar de adopción donde vivía por 5 días, hasta que obtuvimos el permiso del tribunal para llevarla a nuestra casa con nosotros. Fue muy duro cada noche dejarla allí para verle a la mañana siguiente, su papá y yo sentíamos que un pedacito de nosotros se quedaba en el lugar.

En la casa de adopción nos dejaban en una habitación muy cómoda, ambientada como una sala de estar con un sofá, un lavamanos y un mudador. Además la casa contaba con una terraza al aire libre y también se nos permitía salir a la calle para dar vueltas cerca, cuestión que se agradecía ya que en nuestro caso, estábamos todo el día en el lugar.
El primer encuentro fue precioso, no puedo describir la emoción que nos acompañó cuando la conocimos, ahora al recordarlo se me hace un nudo en la garganta. Ella dormía y la tuve en mis brazos hasta que despertó. Recuerdo que la noté algo inquieta y tuve la intuición de que la teta podría ayudarle a tranquilizarse. Decidí experimentar, me levanté la ropa y se la ofrecí. Para mi sorpresa, ella abrió su diminuta boquita y la aceptó, enganchándose sin problema del pezón, el cual no estaba preparado para ese evento ni la teta para amamantar, aún así ella estaba chupando y yo conmovida por lo que estaba ocurriendo. A los pocos minutos tocaron a la puerta trayendo su mamadera con la cantidad de leche asignada por la pediatra y a la hora indicada. En el hogar, los bebés tenían horarios establecidos para diferentes actividades siendo una de ellas el de la alimentación. Nos explicaban como un argumento frente a nuestra petición de que nos entregaran la mamadera cuando la bebé daba señales de hambre, que no podían hacerlo porque si cada bebé pedía su leche a diferente hora la atención que eso requería no podía ser cubierta por el personal encargado de ello. Esto promovió la búsqueda de conductas que calmaran la ansiedad de la bebé y también la nuestra, como por ejemplo cantarle, pasearla por la casa, acurrucarla, ofrecerle un ratito la teta y su chupete.
Junto con conocer a mi hija me entregaron su chupete, advirtiéndome que lo usaba mucho. Comencé a notar que ella chupaba con cierta ansiedad y que se quejaba cuando la leche se terminaba, a veces lloraba, y en ocasiones le ponía mi teta, que no estaba dura, ni turgente, ni llena de leche, cuestión que también era frustrante para ella. Entonces el chupete era el salvavidas del momento. Yo me lamentaba de no poder amamantarle aunque en ese momento tampoco era una meta.
Como familia, no estábamos preparados para la llegada de la bebé. Ocupaba un lugar en nuestra mente y corazón de manera simbólica, pero en la vida cotidiana aún no. Desconocíamos cuando llegaría, de qué sexo sería y cuántos meses tendría. Esto nos impedía organizarnos en la vida familiar y laboral.
Me desempeño como terapeuta dedicada al trabajo con adultos, parejas, familias, y en el acompañamiento al embarazo y la crianza. Trabajo de manera independiente lo que facilita poder acomodar los horarios según las necesidades propias de la vida. Como no tenía el abdomen típico de la embarazada era más
complejo indicar y evidenciar a las personas a las que atiendo que se produciría una ausencia de mi parte. Decidí contarles lo de la adopción y así fui avisando varios meses antes que el día que llegara mi hijo/a adoptivo/a organizaría el tiempo de atención de otra manera, postergándolo en un principio por algún tiempo. Eso favoreció que ellos comprendieran la suspensión del trabajo clínico y me permitieran retomar cuando estuviéramos preparadas con mi pequeña hijita. Mantuve la terapia con dos personas que estaban en crisis y cuando estuvieron mejor distanciamos las sesiones.
La llegada de la pequeña fue como haber estado de parto de emergencia. A los dos días de la llamada salimos a comprar algo de ropa, pañales y nos conseguimos una pequeño coche cuna que nos permitiría llevarla por toda la casa en el caso de que ella se durmiera.
Hemos centrado la crianza de nuestro hijo mayor desde la perspectiva de la autorregulación, según la concepción Reichiana. Hace algunos años, en el País Vasco, conocimos de cerca el trabajo realizado por el centro Hazi-Hezi en materias de acompañamiento a la crianza. Sabíamos por lo tanto la importancia que tiene el contacto amoroso y cálido para potenciar un desarrollo infantil saludable. Teníamos confianza en lo que nuestro hijo nos había enseñado en sus 9 años de vida y también en la capacidad de saber estar. Estar observando al otro y escuchando lo que me quiere transmitir. Esas eran nuestras herramientas para ganar el tiempo que no tuvimos de sentir a la bebé en mi vientre y de que ella nos hubiera sentido a nosotros.
La primera tarde que llegó a casa fue dura. Le dimos su leche en cuanto nos pareció que la pedía. Se quedó tranquila después, pero repentinamente empezó a llorar y llorar cada vez más y más. Pensamos que extrañaba a sus tías cuidadoras, su ambiente, etc. Nada de eso, estaba hambrienta, quería más leche. Le dimos otra mamadera y se quedó felizmente en un sueño reparador.
Logramos darnos cuenta que ese fue el primer cambio que realizamos. Ofrecerle la mamadera a la hora en que la solicitaba, y aumentarle la cantidad de leche. Fue como hacer un símil de la teta a libre demanda. Después fue el ofrecerle los brazos de la mamá para dormirse a cualquier hora del día, escuchando los latidos de mi corazón. De este modo, modificábamos el estar en la cuna por estar y sentir los brazos.
Sabíamos que era importante para establecer el vínculo realizar otros cambios y brindarnos oportunidades para conocernos más y mejor. Y no podíamos pasar por sobre su trozo de historia anterior, que había dejado aprendizajes y adaptaciones. Con mucho respeto, de manera paulatina y cuando como pareja estábamos preparados, la fuimos cambiando del coche cuna a nuestra cama. Ella lo aceptó gustosa y nos permitió compartir nuestro calor y cariño noche a noche.
Durmió con su papá y yo hasta cuando se apoderó por completo de la cama y nos tenía colgando en las orillas, allí nos dimos cuenta cuanto había crecido. Tener intimidad sexual no fue una complicación porque distribuíamos el espacio de otra manera. A los 18 meses más o menos la invitamos a dormir en su cama actual, que está al lado de la nuestra. Así cuando lo requiere pide dormir o se cambia con nosotros. Ya tiene 29 meses y estamos preparando con ella su dormitorio. Estimamos que en un inicio será para jugar y cuando esté preparada dormirá en él.
Comenzamos también a buscar el contacto a través del masaje. Primero lentamente, tocando su cuerpo de forma suave, mostrando los límites de su cuerpecito. Paulatinamente incorporamos un masaje más envolvente y más frecuente, a veces ambas desnudas. Generalmente cuando esto ocurría después de su baño de noche, dormía muy bien.
A medida que iba creciendo, ya desde los 4 meses, le ofrecimos un espacio en el suelo. Le gustaba estar de espaldas observándolo todo, moviéndose vigorosamente, hasta que un día estaba de guatita, más tarde sentada y finalmente  gateando…  a  toda  velocidad.
Así, en el camino de la autorregulación y la vinculación surgió mi necesidad y deseo de amamantarla. Este tema, al igual que los otros, también fue conversado en pareja. Tomar la decisión de amamantar implicaba tener mayor disponibilidad de tiempo y de compromiso con ella, lo que implicaría que el padre estaría demandado por otras funciones como las de cuidado de nuestro hijo mayor y de proveer materialmente.
Me coordiné con la liga chilena para la lactancia materna y me asesoraron respecto de cómo llevar a cabo el proceso con una bebé adoptiva que para ese momento tenía 2 meses de vida y una semana. Acudí junto a mi hija a una reunión de madres con hijos en edad preescolar, allí me entregaron un alimentador externo (es un receptáculo de silicona que contiene la leche artificial y que tiene una sonda que se adhiere al pezón; cuando el bebé succiona el pezón la leche cae por la sonda y el bebé se alimenta) que probamos en el momento. Fue una experiencia maravillosa.
Mi hija, comenzó a succionar tranquilamente, la leche bajaba como correspondía y la bebé, al tiempo de terminar la cantidad de leche se fue entregando en un sueño relajante. Mientras tanto, el grupo de mujeres que me observaba semidesnuda, dando de mamar a mi hija, lloraba de emoción junto conmigo. ¡Era increíble que esa bebé que había sido parida por otra mujer se estuviera alimentando por un mecanismo que la conectaba con mi pecho! Estábamos muy conmovidas todas!
La indicación que recibí fue muy precisa: si quieres tener leche tienes que repetir este procedimiento a lo menos tres veces al día.
Posteriormente, me asesoré y acompañé con el pediatra que ve a mi hijo y con la ginecóloga que consulto habitualmente. Ambos profesionales son muy cálidos y de orientación antroposófica. Ella me indicó tomar levadura de cerveza, lactagotas y calcio en polvo. El me recetó un antidepresivo que se les administra a las recién paridas para favorecer la aparición de la leche.
El uso del alimentador artificial facilitaba mucho el proceso de lactancia por lo que me relajé frente a la idea de que la bebé ya estaba en contacto directo con mi piel y me podía oler, ya estaba conociendo el mundo a través de su boca, ya nos mirábamos  frente  a  frente,  ya  escuchaba  mi  corazón…
A los pocos días la teta estaba a libre demanda y me pasaba muchas veces en el día usando el diminuto y liviano artefacto. Cuando se acercaba el momento de amamantar sentía que mis pechos se hinchaban, eso me conectaba con la necesidad de mi hija de ser alimentada. A los 30 días de todo aquello, mi propio cuerpo estaba produciendo leche, la que tengo hasta el día de hoy. La emoción nuevamente estuvo presente, casi no lo podía creer: mi cuerpo alimentando al suyo.
Al mismo tiempo que la teta tenía más presencia en su vida, el chupete fue perdiendo valor y a las pocas semanas ya lo había olvidado por completo. En este caso, la teta remplazó al chupete y no al revés.
El alimentador lo usamos hasta los 10 u 11 meses y el pediatra siempre anotó en la   ficha:   “lactancia   mixta”, cuestión que me hacía sentir cierto orgullo por lo logrado.
Al dejar el alimentador, comencé a usar la mamadera porque la bebé tenía más fuerza para succionar y al mismo tiempo necesitaba de un flujo mayor de leche. Entonces, antes de dar el biberón succionaba la teta y al terminar lo mismo. Fue una combinación inventada por ella. Tomaba un poco de leche de la mamadera y luego buscaba la teta. Hoy solamente toma mamadera por la noche, antes de dormir. Pero la teta, está siempre presente. Al despertar cuando entra en contacto con el mundo, cuando busca consuelo, cuando desea dormir y a veces para jugar.
A ella también le gustaba tocar la teta, desde pequeñita. Mientras estaba mamando, con su otra mano tocaba, palpaba y acariciaba la teta que estaba libre, como para constatar que estaba allí. Al introducir la mamadera, también lo hacía mientras bebía. Esto continúa hasta hoy de manera libre y relajada. Cuando está chupándola o a veces simplemente desea tocarla.
Desde que aprendió a hablar también pudo nombrarla y hoy dice que es una de sus palabras favoritas, probablemente porque conoce bien su significado, lo ha vivenciado. El lenguaje oral le ha facilitado pedir la teta en diferentes formas y tonos: mamita dame tetita (dulcemente); ¡quiero teta! (imperativo); me puedes dar tetita? (solicitando por favor). Del mismo modo ha expresado su gusto por ella: es muy rica la teta, mamá; es linda tu tetita. En fin, su forma de expresarlo va dependiendo del momento y de su estado de ánimo.
Ha sido un proceso intenso, de cuyos beneficios para el crecimiento de nuestra hija no hemos tenido dudas y del cual hemos estado orgullosos y felices. Estamos claros que así como comenzó, respetando sus tiempos y ritmos, llegará el momento en que la teta estará menos presente para dar paso a otras formas de encuentro.

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