Testimonio de un segundo hijo

Esta vez casi nos atrevemos a decir que todo ha sido perfecto. El embarazo ha ido fenomenal desde el principio; Imanol, nuestro primer hijo, de dos años y medio, me ha mantenido en forma, sin dolores de espalda, ni retenciones de líquidos, ni miedos siquiera; él hace que el tiempo sea demasiado importante como para malgastarlo en eso. Sí ha habido una sombra en los últimos meses, que quizás ha impedido que disfrutase plenamente: hemos sabido que mi madre, con 70 años, tiene un cáncer irreversible, igual que mi padre. Pero, a pesar de esto, cuando una mujer va a ser madre, tiene un escudo que la protege, que no deja que se derrumbe, que la hace más fuerte; nada la distrae del objetivo que en ese momento es el centro de su vida, el bebé que va a nacer.

 

Había sentido contracciones fuertes unas semanas antes y pensé que el parto se adelantaría sobre lo previsto, pero luego todo paraba. Además de lo de mi madre, Imanol ha estado enfermo y pasamos una noche en urgencias; estoy convencida de que nuestra mente es muy poderosa y yo necesitaba tiempo para dejar algunas cosas en orden, por eso pensaba, como le decía a todo el mundo bromeando, “No he dado a luz antes porque no he tenido tiempo“.

 

Además, teníamos pendiente una cena en casa con Ramón y Cristina, de Hazi Hezi, que organizamos sólo dos noches antes de nacer Leire, justo a tiempo, para reflexionar un poco sobre el parto que queremos. Nos hacía falta sobre todo por Koldo, mi marido, que quedó un poco traumatizado por el parto anterior, inducido, muy duro para ser un parto sin anestesia, como nos habría gustado vivirlo, y que, tras muchísimas horas de dilatación, casi termina en cesárea, aunque finalmente los fórceps fueron suficiente; y con una adaptación un poco dura para Imanol.

 

En fin, la última semana de gestación, en la que mi vida ha vuelto un poco a la normalidad y, por fin, me he relajado un poco, Leire, puntual, ha empezado a hacer su camino hacia nuestro mundo y mi cuerpo a prepararse. He dormido 2 ó 3 noches mejor que de costumbre y, a pesar de decirme Cristina el día 6 de noviembre que la cosa estaba muy verde y la cabecita muy alta, el día 7 se presentan las tan deseadas por mi “contracciones regulares” … ¡¡ Por fin !!

 

 

Cuando me doy cuenta, tengo contracciones cada 5 minutos exactos. Es la una del mediodía, yo estoy paseando, curioseando tiendas de cositas para mi nuevo bebé, cosa que no he podido hacer últimamente, por lo complicada que ha sido mi vida. Al escribir esto, siento cierta pena por no haber disfrutado plenamente de mi miña en mi vientre, ni haberle dedicado muchos momentos para contarle lo que sentimos ya por ella o lo que le espera al llegar a nuestro mundo, o simplemente cantarle canciones o ponerle música, como hice con su hermanito anteriormente.

 

Tengo contracciones más intensas que las que he notado en días anteriores o esa misma mañana de forma irregular, así que, tras unas cuantas cada cinco minutos, sorprendida pero contenta, decido ir acercándome a casa y avisar a Koldo, que está trabajando y anda superocupado, para que se organice y, sobre todo, se concentre en su papel a mi lado.

 

No siento miedo ni nervios, sólo quiero pasar ese capítulo de mi vida, intentando vivirlo de manera diferente a mi parto anterior, para borrar el mal sabor de boca y ayudar a Leire en todo lo posible, y después seguir disfrutando de mi familia, cosa que esta barriga enorme me impide hacer plenamente, con el ritmo que requiere sobre todo Imanol.

 

Pero, eso sí, esta vez soy mucho más consciente de que puede ser un parto todo lo complicado que podamos imaginar. Por mucho que en el grupo de preparación de Hazi Hezi oyésemos testimonios de partos reales de otras compañeras, la primera vez quizás pecamos de soñar con el parto natural ideal, como si fuese fácil. Y salió todo al revés. Con las contracciones provocadas por la oxitocina que me pautaron, ya que las contracciones espontáneas no se regularizaban ni hacían efecto sobre el cuello del útero, no fui capaz de seguir el ritmo, ni de respirar adecuadamente, ni de controlar el dolor con los diferentes ejercicios y posturas que había aprendido; sentía que me desmayaba y Koldo también se agobió mucho, lo que para mi no fue de ayuda. Optamos finalmente por la epidural; yo estaba enfadada, con la vida, supongo, y conmigo misma; tanto preparar el parto y allí estaba, tumbada en la cama del paritorio, sin poder moverme casi, inútil; me encontraba fatal, con fiebre y estaba agotada, después de dos noches con contracciones que no habían servido para nada; y escuchaba que los latidos del niño bajaban, le sacaron una muestra para ver si recibía suficiente oxígeno, decía la ginecóloga que, si aquello se alargaba, haría una cesárea; finalmente, no sé de dónde saqué fuerzas y empujé, empujé, empujé, … Con ayuda de los fórceps fue suficiente y, por fin, nació Imanol, tras muchas horas de angustia y de impotencia, mirando a las estrellas, lo que complicó las cosas, y tuvieron que llevárselo bastante rato para la adaptación. Esta vez, sé que puede pasar de todo, pero presiento que peor no va a ser; Leire está fuerte y sana y me da fuerzas a mi.

 

No quiero ir demasiado pronto al hospital, aunque me preocupa también tener contracciones fuertes y muy seguidas durante el trayecto en coche si espero mucho; a esta hora por lo menos tardaremos en llegar 15 ó 20 minutos. Me doy una ducha tranquilamente mientras vienen Koldo y su madre, que nos llevará al hospital; preparo ropa para que Imanol se quede a dormir en casa de los aitonas. Pienso en comer algo, pero he desayunado tarde y no me apetece; sólo bebo agua. Un gusanillo me recorre el estómago, pero estoy tranquila.

 

 

Aproximadamente a las 14.45h. entramos en Urgencias de Pediatría y Tocología del Hospital Donostia. Nos toca esperar casi una hora en el pasillo; parece que no dan abasto. Mis contracciones son ya cada tres minutos y medio o cuatro. Me exploran. Sólo he dilatado unos dos centímetros y la cabecita sigue alta. Me dejan monitorizada, cosa que no me hace ninguna gracia, porque intento aguantar sentada para que salga algo fiable, pero así duelen mucho más las contracciones. Hasta ahora ha sido todo un poco caótico y frío en el hospital, pero se acerca una matrona encantadora, Elisabeth, que me anima un montón, me ayuda a buscar posturas y me dice que no me preocupe del monitor, que se ve que tanto mis contracciones como el latido de Leire están de maravilla. Después de una media hora, viene una ginecóloga, a la que le cambió la cara cuando le hablamos de parto natural y sin epidural; me dice que, en ese caso, no me pueden llevar aún al paritorio y que me puedo ir a casa unas horas o quedarme paseando por los pasillos. Yo le digo que a casa no me voy y que sólo quiero una cama donde ponerme a cuatro patas, que era lo que me empezaba a pedir el cuerpo, y hacer mis ejercicios pélvicos. Si llego a irme a casa, no me habría dado tiempo a volver, porque unas tres horas después nacía Leire. Gracias a un par de contracciones en las que estuvo presente esta ginecóloga y a mis respiraciones  profundas y bastante ruidosas, abriendo, abriendo, …, creo que se convenció de que me tenían que dar ya una habitación y mejor la última del pasillo, para no asustar al resto de las parturientas. Así lo hicieron.

 

 

En la última habitación del pasillo, con dos camas vacías y una bañera pequeña, en penumbra, nació Leire. Era perfecto. Cuando nos instalamos allí, Cristina, de Hazi Hezi, estaba ya con Koldo y conmigo; nos iba a acompañar en el parto – también lo hizo la vez anterior – cosa que a mi me alivió mucho, ya que Koldo, con sus reminiscencias del parto anterior, no tenía muy buena cara. Luego me reconoció que tenía un nudo en el estómago.

 

Aunque me trajeron una pelota de gimnasia enorme para hacer movimientos pélvicos encima, ya casi no me daba tiempo a coger el ritmo entre contracción y contracción. En pie, inclinada sobre el piecero de la cama tampoco podía ya. El dolor era más bien en los riñones y parece que eso era señal de que todavía Leire tenía camino por hacer. Aurora, una veterana, y otras dos matronas jóvenes muy majas, Maider y Alicia, iban a estar conmigo cuando fuese necesario; pero nos dejaron muy tranquilos, porque Aurora conocía a Cristina y comparte su ideología con respecto al parto natural y el respeto por la madre y el bebé en esos momentos.

 

 

Cristina controlaba a la antigua, con una trompetilla, los latidos de Leire, totalmente estables. Me llenó la bañera, me metí sentada y, cuando venía la contracción, me ponía a cuatro patas, lo que más me aliviaba. El cuerpo me pedía soltar con fuerza el aire varias veces en cada contracción y abrir, abrir, abrir, … El coger aire, aunque también intentaba hacerlo con fuerza, me suponía un esfuerzo, pero era el tránsito para luego soltar y abrir, mientras movía la pelvis. Mi cuerpo mandaba. Cogía aire como tres veces en cada contracción y me detenía soltando, soltando, todo el tiempo que podía – bajando el ascensor un piso más abajo, al sótano, como decíamos en el grupo de Hazi-Hezi -. Me estaba pasando algo que no viví en mi parto anterior: sentía que todas aquellas herramientas, respiraciones y ejercicios me estaban ayudando.

 

 

Me sentía dueña de mi y me centré sólo en ese trabajo. No tenía noción del tiempo, pero me parecía que pasaba rápido. Mi cuerpo me agradecía todo aquello y yo me imaginaba, visualizaba, a Leire, que se deslizaba por mi pelvis con cada contracción. Y lo mejor era que al dolor de cada contracción le veía la utilidad y pensaba “PASARÁ” y luego tenía un rato de paz para centrarme en mi, en coger fuerzas para la siguiente, en relajarme e incluso para dormir algunos minutos. Y sentía a Koldo y a Cristina a ratos, porque nos dejaba momentos de intimidad, los dos muy cercanos. Koldo decía palabras de ánimo en mi oído, con un poco de inseguridad; el miedo a la experiencia pasada le podía. Yo sólo sentí miedo cuando me preguntaron, hacia las seis de la tarde, si quería que mirasen cuántos centímetros había dilatado; tenía pánico a que ocurriese como en el parto anterior y que todo aquel esfuerzo no estuviese dando el resultado esperado. Pero Cristina me dijo que no pensase eso, que lo estaba haciendo genial y Leire estaba fenomenal.

 

 

Me exploraron y estaba de cinco centímetros. No me pareció ni mucho ni poco, aunque si me hubiesen dicho seis o siete me habría dado un subidón. Había que seguir; era soportable, aunque, a partir de ahí, la cosa se intensificó; empecé a notar el dolor más en el vientre que en los riñones; los masajes de Koldo y Cristina ya me aliviaban menos, más bien no quería que me tocasen, a ratos casi que ni me hablasen; no quería volver a meterme en la bañera; sólo quería soltar aire con fuerza y aprovechar cada contracción para abrir, abrir, abrir, … Me hablaban pero casi ni los oía; Cristina me decía que me desahogase, que jurase lo que hiciera falta y me reí por dentro cuando Koldo le dijo que yo no decía tacos. Sólo me salía con un hilo de voz algún “déjame” o “no me hagas nada” a mi pobre Koldo, que hacía un verdadero esfuerzo por parecer optimista y animoso. Y sé que dije un “NO PUEDO MÁS” y pensé para mi misma que eso no me era útil y que no lo diría más.

 

 

A partir de ahí, cambié de las cuatro patas a estar en cuclillas sobre la cama y, cuando venía la contracción, me colgaba del cuello de Koldo y él dice que así se sintió útil y más animado, por fin, porque podía sentir la fuerza que yo hacía al soltar aire, abriendo, abriendo, abriendo, … Aquella necesidad de abrir, a veces, la confundía con las ganas de empujar, pero me parecía muy pronto. Alguna vez le pregunté a Koldo qué hora era y pensaba que si mi parto era de los de la media, todavía me quedaban unas horitas. A ratos pensaba “Nunca más, ni con ni sin epidural”; me decía a mi misma “Saca lo que puedas en este momento, da lo mejor de ti, por Leire y para compensar lo de Imanol y quitarte esa espinita, y nunca más; si quiero un tercer hijo algún día, lo adoptaré”. Pero el dolor se olvida y ahora sólo recuerdo que fue una experiencia íntima y preciosa, superenriquecedora. Y repetiría, aunque eso ya lo pensaremos con mucha mucha calma.

 

 

Mucho antes de lo que yo esperaba, a las siete y pico de la tarde, sentí verdaderas ganas de empujar – o de hacer caca, cosa que en ningún momento hice, a pesar de no haberme puesto ningún enema -. Se lo dije a Koldo y los dos juntos vimos que estaba saliendo la bolsa amniótica, que aún no se había roto, como si fuera un globo. Koldo avisó a Cristina que, a su vez, buscó a las matronas. Y lo que recuerdo después fue muy rápido. Me dijeron que quedaba un poquito por dilatar, que si quería ir al paritorio. Yo dudé, pero dije que no. Me encontraba muy cómoda para empujar en esa postura sobre la cama, a ratos a cuatro patas, a ratos en cuclillas. Habría sido una equivocación ir al paritorio, quizás incluso Leire habría salido en mitad del pasillo, porque yo no podía parar de empujar con cada contracción. No me acordé siquiera de lo de respirar “soplando la vela”. Mi cuerpo lo que me pedía era sacar toda mi fuerza, no contenerla. Y después sólo recuerdo un par de contracciones más y cómo me decían que ya salía Leire. Me parecía imposible; recuerdo que me sorprendí, porque, cuando me dijeron que aún quedaba un poquito de cuello por dilatar, pensé que quedaría un buen rato por delante.

 

 

Me pidieron que, sin cambiar de postura, me girase un poco, lo que fue muy fácil en esa postura, porque había que desenredar una vuelta de cordón alrededor del cuello de Leire. Me dijeron que la agarrase, porque iba a salir ya. La sensación en ese momento era muy diferente; había notado el escozor ese del que hablábamos en Hazi-Hezi, que no era dolor, mientras empezaba a salir la cabecita de Leire; ahora notaba la presión, que tampoco era dolor, de los hombros de Leire atravesados en mi pelvis; si había algún dolor en ese momento era el de otra contracción que llegaba, pero eso ya daba igual, no existía el dolor. Noté como Leire se escurría entre mi mano y las de Aurora; su cuerpecito estaba resbaladizo. La bolsa amniótica sólo se rompió dos segundos antes de salir la cabecita de Leire y ella salió bastante limpita; sólo se entretuvieron en quitarle un poco de mucosidad de la boca y me la pusieron sobre el pecho. Al principio no la había oído llorar, luego sí y, ya con el calor de mi cuerpo, no lloró más; sólo se oían un ronroneo suave y su respiración.

 

 

No puedo describir esa sensación que vivía por segunda vez; el mundo se para, no existe nada ni nadie a tu alrededor, sólo tu bebé y tú. Aunque me duela decirlo, en ese momento casi no te acuerdas ni de su aitatxo, al que, de repente, ves a tu lado y piensas “Pobre hombre, le ha vuelto el color a la cara”; y le haces un gesto de felicidad y de que estás fenomenal, de que todo ha salido bien, sin decir nada. No hay palabras.

 

 

Fue perfecto y yo me siento orgullosa de mi misma y, sobre todo, sorprendida de lo fuertes que somos las mujeres. Por más que lo oigamos decir a quienes han sido testigos de algo semejante, nadie entiende esa fuerza hasta que no está allí.

 

 

 

 

 

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